“Un infierno en la Tierra”: la historia real del convento del horror en Nogoyá que inspiró la serie “Cautiva”

“Una esposa de Cristo nunca tiene que pensar en abandonar la casa de Dios”. Esta frase bien podría pertenecer a la “Hermana Cecilia”, el personaje de ficción de la serie “Cautiva”, aunque, en realidad, fue el argumento que le dio la priora Luisa Ester Toledo (72) a Silvia Graciela Albarenque (45), cuando esta quiso dejar el convento de Nogoyá, donde las monjas eran retenidas contra su voluntad y sometidas a castigos físicos y psicológicos.
El nombre religioso de Albarenque era Hermana María Teresa de la Eucaristía y en la serie ocuparía el rol de “Clara”. Según declaró ante la justicia que, ella ingresó al claustro en 1999, con tan solo 18 años, pero todo cambió para mal a fines de 2006, cuando Toledo -la Madre María Isabel de la Santísima Trinidad– asumió como priora del lugar.
De acuerdo a la sentencia de 392 páginas a la que accedió Clarín, desde que le manifestó su voluntad de abandonar el convento, la denunciante permaneció cautiva durante casi seis años, hasta 2013, aunque este calvario iba a salir a la luz en 2016.
A comienzos de ese año, Albarenque tuvo el valor de contar públicamente lo sucedido. Para entonces ya existía una investigación periodística que había comenzado en 2014 gracias a un correo electrónico anónimo que denunció los tormentos que sufrían las religiosas que estaban bajo las órdenes de Toledo.
El allanamiento al convento. Foto: La Voz de Nogoyá.Al testimonio de Albarenque se sumó el de la Hermana Rosa de la Madre de Dios, Roxana Andrea Peña (42) –quien estuvo retenida un año y medio, entre 2015 y 2016-, lo que finalmente permitió destapar el caso y abrir una causa penal. “Yo acá encerrada estoy muerta en vida”, declararía esta víctima, quien realizó una cruda descripción: “Para mí era un infierno en la Tierra”.
Látigos encerados y un tubo en la boca
El portón de madera del Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá prometía paz espiritual, pero cruzarlo significaba, para muchas, entrar a una pesadilla de clausura absoluta. Durante años, detrás de los muros del pintoresco predio entrerriano no solo reinaba el silencio contemplativo de la fe, sino también el eco sordo de los castigos corporales y el llanto de jóvenes que pedían desesperadamente volver a sus casas.
Pero ese encierro clandestino comenzó a desmoronarse con la denuncia de Albarenque que publicó la revista Análisis de Entre Ríos en agosto de 2016.
Tras esa publicación, la Policía allanó el convento, donde se secuestraron 14 disciplinas -látigos de tiento trenzado de 50 centímetros endurecidos con cera y nudos- y 14 cilicios metálicos, consistentes en bandas de alambre tejido con púas que se clavaba en los muslos de las víctimas.
También había mordazas caseras fabricadas con tubos de plástico rígido de suplementos vitamínicos perforados que tenían elásticos para sujetarse alrededor de la cabeza.
Albarenque recordaría luego ante la Justicia: “Me hizo llevar una mordaza una semana por haberle respondido mal. Entonces yo tenía que usar como los frenos de los caballos el tubito en la boca”.
También contó que cuando intentaba pedir formalmente su salida, la religiosa destruía o escondía los escritos, y luego la castigaba: “Fueron años, que yo hablaba y no me escuchaban, que yo pedía para salir y no me dejaban, que cuando finalmente pude salir hablé con el obispo y no me creyó”.
“No torturé a nadie”
En función a toda la abrumadora prueba reunida, la causa llegó a juicio oral, el cual se llevó a cabo en los tribunales de Gualeguay en junio de 2019. Sentada ante los jueces Darío Crespo, Javier Cadenas y Alejandra Gómez, la madre Toledo negó categóricamente los cargos en su contra.
Cuando se conoció la noticia donde monjas publicaron un video en redes negando las torturas.“Esos tormentos que dicen que existen en el convento nunca sucedieron ni van a suceder”, afirmó Toledo en su extensa declaración. Sostuvo que el uso de disciplinas y cilicios forma parte de las Constituciones de la orden aprobadas por el Papa Juan Pablo II y que son actos voluntarios de mortificación hechos “con mucho amor y entrega por la salvación de las almas”.
La religiosa argumentó que los instrumentos “no lastiman nada” y que cada hermana se los administra a sí misma en la intimidad de su celda con estricto pudor. Sobre las acusaciones de encierro, aseguró que jamás recibió una petición formal por escrito para abandonar la abadía.
“Tengo que decir delante de Dios que no torturé a nadie, si yo hubiera torturado a alguien, yo misma me hubiera acusado”, afirmó la priora y remarcó: “Yo me maté cuidando a esa comunidad. Y a las hermanas Albarenque y Peña, las amo, las amo de corazón”.
Sin embargo, la justicia no creyó en su versión y el 28 de junio de 2019, el tribunal la condenó a 3 años de prisión de cumplimiento efectivo como autora del delito de privación ilegítima de la libertad doblemente calificada por el uso de violencia y amenazas.
A pesar de ser condena en junio de 2019, Toledo no fue detenida porque el fallo debía quedar firme. Su defensa presentó recursos para revocarlo, pero el 29 de diciembre de 2020, la Cámara de Casación Penal de Paraná lo ratificó por unanimidad.
Mientras la causa penal avanzaba, el Vaticano apartó a Toledo de su cargo directivo en el Carmelo de Nogoyá y la trasladó provisoriamente a un convento en la provincia de Buenos Aires.
En junio de 2021, el Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos rechazó el último recurso de queja de la defensa, dejando la condena firme de manera definitiva, por lo que Toledo finalmente quedó detenida y alojada en la Unidad Penal de Mujeres de Paraná.
Una herida abierta
A diez años de las primeras revelaciones y a siete de la condena, el caso de Nogoyá sigue vivo en la memoria colectiva. La llegada a las plataformas de la serie “Cautiva”, en la que la actriz Carolina Kopelioff interpreta a “Clara” y Lorena Vega a la “Hermana Cecilia”, volvió a poner el foco en los límites del régimen de clausura.
La actriz Carolina Kopelioff interpreta el papel de “Clara”, la víctima en “Cautiva”.El convento sigue en pie sobre las calles de la pequeña ciudad entrerriana, pero ya nada volvió a ser igual tras aquel allanamiento policial que atravesó sus muros de silencio. La justicia le puso un límite a la impunidad del encierro, aunque para las víctimas, las secuelas de los latigazos y las sombras del sometimiento tardarán mucho más tiempo en desaparecer.
Fuente: www.clarin.com


